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    La oportunidad de vender productos mexicanos en Estados Unidos en 2026

     Por Jesús S. Núñez Espinoza
    Presidente Zona Norte – AMEE (Asociación Mexicana de Envase y Embalaje AC)

    “Para crear debes estar consciente de las tradiciones, pero para mantener las tradiciones debes crear algo nuevo” (Carlos Fuentes).

    Cuando se habla de bienes de consumo empacados (Consumer Packaged Goods o CPG por sus siglas en inglés) nos referimos a todo lo que el consumidor compra con regularidad, consume rápidamente y siempre termina en el carrito.

    Desde la salsa que no falta en la mesa, hasta los chiles en vinagre que acompañan cualquier comida, los frijoles enlatados que salvan cualquier tarde, el mole que viaja en pasta porque la receta es demasiado valiosa para perderse, el pan dulce que ninguna panadería industrial del mundo ha logrado replicar con la misma nostalgia y el café de altura que cuenta el origen desde el primer aroma.

    También, las aguas frescas que llegan embotelladas o en sobre porque la distancia no debería cambiar el sabor de lo que se creció tomando, los dulces de leche y tamarindo y los quesos frescos de Oaxaca, Cotija, Chihuahua y Asadero con identidad regional, cuyo perfil, textura y proceso no se replican en otra parte del mundo porque ninguna versión fabricada fuera de México ha logrado hacerles justicia.

    Y, sobre todo, los condimentos regionales y las especias: ese hilo invisible que conecta cada platillo con la cocina de la abuela y nos hace regresar, aunque sea por un momento, a casa.

    Son productos que viven en los estantes de cualquier supermercado, tienda de conveniencia o club de membresía, y cuyo ciclo de compra se mide en días o semanas, no en años.

    Es, además, el sector donde coexisten más jugadores de todos los tamaños que en cualquier otra industria del mundo, desde la pequeña empresa familiar con una receta de tres generaciones, hasta la multinacional con presencia en cien países; todos compitiendo por el mismo espacio en anaquel, con el mismo consumidor y bajo las mismas reglas de juego.

    Esa densidad competitiva lo convierte en uno de los sectores más exigentes del planeta, precisamente porque la demanda es constante, el volumen es masivo y el margen se gana o se pierde en detalles de operación, posicionamiento y velocidad de respuesta al mercado.

    Hay una conversación que se repite hoy en las oficinas de compras de los grandes retailers norteamericanos, y no es la que la mayoría de los fabricantes mexicanos cree que está ocurriendo. No se trata de precios, sino de confiabilidad, velocidad y capacidad de cumplir lo que promete sin que un puerto congestionado en Asia, un arancel sorpresa, un flete marítimo disparado por el precio del combustible o la tensión en el estrecho de Ormuz lo arruinen todo.

    Y México, por primera vez en mucho tiempo, está en el centro de esa conversación con argumentos que antes no tenía. No porque lo haya buscado o se hubiera preparado, sino porque la geopolítica lo eligió. La oportunidad está abierta, pero no será así indefinidamente para quienes no puedan responder a la altura de lo que el mercado exige.

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    El mundo se reorganiza y México está en el lugar correcto

    La guerra comercial entre Washington y Beijing no es un episodio coyuntural que vaya a resolverse con un acuerdo diplomático, un apretón de manos y una fotografía para el recuerdo. Es una reconfiguración estructural de cómo el mundo produce y consume, y está forzando a cada corporativo multinacional a repensar desde dónde fabrica, desde dónde surte y a quién le confía su cadena de suministro.

    La misma lógica que está reordenando la manufactura automotriz, los semiconductores y la electrónica también está transformando el sector de CPG, sin el ruido mediático de esas industrias, pero con las mismas implicaciones para cualquier fabricante que sepa leer lo que tiene enfrente (CSIS, 2026).

    La diferencia es que el sector de CPG tiene algo que la manufactura industrial no tiene: identidad cultural con poder de mercado. Un componente electrónico no tiene sabor ni historia, no genera nostalgia ni lealtad, no conecta a nadie con su lugar de origen.

    Un producto de consumo mexicano sí lo hace, y esa conexión emocional con el consumidor es una ventaja competitiva que no aparece en ninguna hoja de costos, pero que decide, en el momento que importa, cuál producto termina en el carrito y cuál se queda en el anaquel.

    En la primera semana de abril, Circana publicó su reporte anual sobre la industria de CPG en Estados Unidos, el análisis más exhaustivo del sector, con más de 700 fabricantes evaluados, y el hallazgo central no deja lugar a interpretaciones: en 2025, los gigantes de siempre no fueron los que ganaron.

    Fueron las marcas privadas y los fabricantes medianos por debajo de mil millones de dólares quienes capturaron la mayor ganancia en participación de mercado, en un entorno donde el retail de alimentos y bebidas creció 3%, mientras el resto del sector de CPG se desaceleró al 2% (Circana, 2026).

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    El mercado está mandando una señal muy clara: el consumidor ya no compra el nombre en la etiqueta, compra autenticidad, valor real y consistencia, y eso es precisamente lo que un fabricante mexicano bien posicionado puede ofrecer mejor que nadie.

    Y lo que ese retailer busca hoy no es simplemente un proveedor confiable con precio competitivo, sino algo mucho más difícil de encontrar: origen, nostalgia y pertenencia auténtica.

    Un producto fabricado en México no es simplemente una opción más en un catálogo global, sino la única versión posible de ese producto, aquella que ninguna planta en Asia o laboratorio en Europa y ningún catálogo de ingredientes genéricos puede reproducir.

    No porque falte tecnología o inversión, sino porque lo que lo hace valioso no está solo en la receta ni en el proceso industrial, sino en el suelo donde creció el ingrediente, en la variedad que solo existe en una región concreta del país, en el conocimiento que se transmite sin manual y en los años que separan a un producto auténtico de una imitación que el consumidor, invariablemente, termina distinguiendo.

    Las tres ventajas que ningún otro país tiene al mismo tiempo

    1. Proximidad y velocidad

    Aunque es la más obvia, sigue siendo la más subestimada. Un contenedor que sale de una planta en México llega a un centro de distribución en el sur de Estados Unidos en menos de 48 horas. El mismo contenedor, saliendo de un puerto asiático, tarda entre 25 y 35 días, con el tiempo de tránsito interno adicional y la incertidumbre arancelaria que hoy puede cambiar de una semana a la otra.

    Para un comprador de retail que opera con inventario justo y ciclos de promoción y planificación cortos, esa diferencia no sólo es logística. Es la diferencia entre estar en el planograma o no estar; entre poder reponer un éxito de ventas en tiempo real o ver ese espacio en anaquel ocupado por un competidor más ágil (Euro-American Worldwide Logistics, 2026).

    2. El marco comercial del USMCA

    La segunda ventaja es estructural: el Tratado Estados Unidos-México-Canadá (USMCA, por sus siglas en inglés) cuya revisión está en curso, y sus fundamentos siguen siendo la arquitectura más sólida de integración comercial regional en el mundo.

    México se ha convertido en el socio comercial más importante de Estados Unidos, con un flujo bilateral que hoy representa el componente más estable y de crecimiento más acelerado del comercio exterior norteamericano desde que el acuerdo entró en vigor (CSIS, 2026).

    Para un fabricante del sector de CPG que exporta, eso significa acceso preferencial, certeza regulatoria relativa y la posibilidad de construir una relación comercial a largo plazo con un comprador que necesita esa estabilidad para planificar sus categorías con horizonte de años, no de trimestres.

    3. Autenticidad con demanda comprobada

    La tercera ventaja es la que más se desperdicia: autenticidad con demanda comprobada.

    El mercado hispano en Estados Unidos representa hoy más de 3.2 trillones de dólares en poder adquisitivo y es el segmento de mayor crecimiento del país, pero la oportunidad real para el fabricante mexicano va mucho más allá de ese consumidor.

    México está de moda, y no de forma superficial ni pasajera, sino de la manera más poderosa que existe en el mercado de consumo: la cultura mexicana (su música, gastronomía, sabores, estética) ha permeado al consumidor norteamericano no hispano como ninguna campaña de marketing podría haber logrado.

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    El chile, el mole, el mezcal, la tortilla, el mango y el tamarindo ya no son ingredientes étnicos en un pasillo de especialidades; son tendencia mainstream que aparece en los menús de los restaurantes más sofisticados de Nueva York, en los anaqueles de los retailers más grandes del país y en el feed de un influencer gastronómico en cualquier ciudad de Estados Unidos.

    Ese consumidor no hispano que hoy busca autenticidad mexicana en el anaquel es el mercado de expansión más grande que un fabricante mexicano puede tener. Y todavía está en sus primeras etapas, es decir, aún no sabemos hasta dónde crecerá.

    La autenticidad no es un argumento de marketing; es una barrera de entrada que protege al productor mexicano de competidores que simplemente no pueden replicar lo que él lleva décadas construyendo.

    El mercado no espera a quienes no están listos

    Ningún análisis serio de esta oportunidad puede ignorar las fricciones que la acompañan. La revisión del USMCA introduce una variable de incertidumbre que ningún fabricante puede ignorar en su planeación de mediano plazo.

    Al mismo tiempo, la infraestructura energética en los corredores industriales del norte del país opera bajo una presión que el crecimiento acelerado de la demanda manufacturera ha intensificado de manera significativa en los últimos dos años (NAPS International, 2026).

    Para el sector de CPG hay, además, un riesgo específico que no aparece en los reportes macroeconómicos: la brecha de certificación y cumplimiento regulatorio.

    Un retailer norteamericano, sin importar si opera como cadena de valor, club de membresía o supermercado regional, no negocia con proveedores que no cuenten con un estándar de inocuidad alimentaria reconocido internacionalmente, y eso es solo el punto de entrada.

    El entorno regulatorio en Estados Unidos está cambiando a una velocidad que pocos fabricantes mexicanos tienen en su radar: la agenda MAHA está presionando hacia la eliminación de colorantes artificiales y aditivos sintéticos de la cadena alimentaria, la Propuesta 65 en California exige declaraciones específicas sobre ingredientes que representan riesgo para la salud, y los nuevos lineamientos de etiquetado de la FDA están redefiniendo lo que puede y no puede decirse en una etiqueta de frente de empaque.

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    Un fabricante que no esté formulando con esa realidad en mente llegará al mercado con un producto que el retailer no puede poner en el anaquel o que el consumidor va a rechazar antes de abrir.

    Obtener las certificaciones correctas, reformular donde sea necesario e invertir en el cumplimiento regulatorio toma entre 12 y 18 meses de trabajo real. Implica inversión en procesos, infraestructura y capital humano, y todo eso tiene que ocurrir antes de que llegue el primer pedido de exportación.

    Quien tome esa decisión de inversión hoy estará recibiendo los beneficios en 2027. Quien la postergue observará desde afuera cómo otros ocupan el espacio que pudo haber sido suyo.

    ¿Cómo capitalizar esta ventana de oportunidad?

    Este ensayo no está escrito para el analista o académico que estudia el mercado desde afuera. Está escrito para el fabricante mexicano que lleva años construyendo algo valioso sin saber del todo qué tan valioso es, que tiene la planta, el producto y el conocimiento, pero que todavía no ha dado el paso que separa a un buen productor doméstico de un jugador global.

    Las exportaciones mexicanas proyectaron un crecimiento de 6% en 2025 y 6.5% en 2026, con ventas externas apuntando hacia los 700 mil millones de dólares (COMCE, 2025). Una fracción de ese crecimiento, capturada por el sector de CPG representa miles de millones de dólares en ingresos que hoy se están dejando sobre la mesa. No por falta de demanda, sino por falta de preparación para atenderla con los estándares que el mercado exige.

    Un fabricante que decida hoy iniciar el proceso de certificación, formalizar su gobernanza operativa, desarrollar un portafolio orientado a la exportación y construir las relaciones comerciales correctas puede tener sus productos en las tiendas de un retailer norteamericano en 18 a 24 meses.

    Uno que espere a que el mercado lo empuje llegará cuando el espacio ya esté tomado por alguien que llegó antes, con menos razones para estar ahí que las que México tiene.

    Y si todo lo anterior no fuera suficiente razón para actuar hoy, hay una fecha en el calendario que vuelve esta oportunidad todavía más urgente: el Mundial de Fútbol 2026, que se jugará en Estados Unidos, México y Canadá.

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    Fuente: FIFA. (2026, 30 de marzo). [Infografía de las selecciones clasificadas para la Copa Mundial de la FIFA 2026].

    Ese evento traerá a Norteamérica a más de un millón de visitantes de todo el mundo, con ojos, paladares y carteras dispuestos a descubrir lo que este país tiene para ofrecer.

    Ciudad de México, Monterrey y Guadalajara serán sedes, lo que significa que alemanes, brasileños, argentinos, franceses, japoneses y aficionados de más de 48 selecciones van a caminar por las calles de estas ciudades, van a sentarse en sus restaurantes, van a entrar a sus tiendas y van a llevarse a casa lo que los sorprenda.

    Ningún evento en la historia reciente ha concentrado tanta atención global en esta región al mismo tiempo, y para un fabricante mexicano del sector de CPG, ese escaparate no tiene precio.

    El turista europeo que prueba una salsa en Ciudad de México, el aficionado sudamericano que descubre un dulce regional en Guadalajara, el visitante asiático que lleva a casa un producto con denominación de origen desde Monterrey: todos ellos son el inicio de una relación comercial que puede durar décadas.

    La pregunta no es si México va a estar presente en ese momento. La pregunta es si sus fabricantes van a estar listos para aprovecharlo.

    El sabor, el origen y el momento histórico están alineados como pocas veces en la historia de este país. El mundo ya sabe lo que tenemos. Lo que queda por resolver es si vamos a salir a ofrecerlo antes de que alguien más llegue primero.

     

    Fuentes consultadas:

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