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    2 febrero 2026

    2026: Cuando la Geopolítica llega a los anaqueles

    Por Jesús S. Núñez Espinoza

    Presidente Zona Norte de la Asociación Mexicana de Envase y Embalaje – AMEE, AC

    “El mayor peligro en tiempos de turbulencia no es la turbulencia, sino actuar con la lógica de ayer.” — Peter Drucker

    Un 2026 que cambió sin avisar

    Hace poco, cerramos el año envueltos en ese ritual silencioso que todos compartimos: hacer balances, darnos abrazos, formular promesas y trazar nuevos planes.

    Hablábamos del nuevo año 2026 como quien mira el futuro con confianza automática: nuevos proyectos, nuevas metas, crecimiento personal y profesional, todo con la idea casi inconsciente de que basta cambiar la fecha en el calendario para que el mundo permanezca estable, predecible, igual.

    Y sin darnos cuenta, mientras todavía estaban frescas las risas y los buenos deseos, el mundo ya era otro: la geopolítica empezó a impactar costos, logística y cadenas de suministro, y lo estamos viendo en tiempo real.

    El tablero global: energía, alianzas y fricciones

    No hubo aviso ni transición; simplemente está pasando enfrente de nuestros ojos, sorprendiéndonos día a día.

    La madrugada del 3 de enero, mientras el mundo dormía, Venezuela cambió de rumbo y nos despertó con una noticia que casi nadie creía posible. 

    Al otro lado del planeta, Irán entró en una crisis interna profunda que meses antes parecía improbable. 

    tablero-global-energia-alianzas

    Israel y Egipto dejaron de lado su compleja tensión ideológica y se volvieron socios en temas de gas natural y su eventual exportación a Europa.

    Ucrania siguió marcando el pulso de la región mientras se reconfiguran negociaciones sobre energía, comercio y seguridad.

    Taiwán regresó al epicentro de la fricción entre China y Occidente, reactivando un conflicto latente que nunca se resolvió, solo se administró: contenido por intereses comerciales, postergado por conveniencia política y sostenido por un frágil equilibrio estratégico.

    Davos: de la diplomacia a la fricción real

    A mediados de mes, Davos dejó de ser un foro diplomático para convertirse en fricción real entre potencias; Emmanuel Macron, con lentes oscuros, seguro y con un gesto serio, lanzó un mensaje político claro: Francia empezaba a tomar distancia, no solo desde el discurso, sino desde las acciones. 

    Todo esto mientras la amenaza de aranceles estadounidenses seguía flotando en el ambiente y, en paralelo, Groenlandia aparecía en el radar global como una pieza estratégica dentro de la nueva doctrina geopolítica impulsada por Donald Trump. 

    Norteamérica: tensión, TMEC y reacomodos

    Pero el golpe no vino solo del otro lado del mundo; también llegó desde casa.

    La relación entre México y Estados Unidos volvió a tensarse como no se veía en años, con un discurso cada vez más duro desde Washington sobre narcotráfico, seguridad, el apoyo humanitario a Cuba mediante el envío de petróleo a la Isla y el control fronterizo.

    Al punto de que la amenaza de una intervención directa dejó de sonar como retórica política y empezó a instalarse en la conversación real, impactando la percepción de riesgo país, la inversión, el comercio y la cooperación regional de una forma que ningún tratado comercial puede ignorar.

    Y todo esto, además, justo en el año en que se renegocia el TMEC.

    Al mismo tiempo, al norte del continente, Canadá comenzó a moverse bajo una lógica distinta a la que históricamente había definido al bloque.

    China empujó con fuerza su industria (especialmente la automotriz y la tecnológica) dentro del territorio canadiense, no solo como inversión productiva, sino como una jugada estratégica: usar a Canadá como plataforma industrial, logística y regulatoria para acceder a Norteamérica bajo el paraguas del TMEC.

    Washington observa ese reacomodo con atención y a la espera del siguiente movimiento, consciente de que ya no se trata solo de comercio, sino de influencia, control de cadenas de valor y poder real sobre el “vecindario” regional.

    Todo esto, además, mientras Estados Unidos atravesaba turbulencias sociales en Minnesota y una de las peores tormentas de nieve de los últimos años, recordándonos lo frágiles que seguimos siendo frente a la naturaleza y lo dependientes que somos de las energías fósiles.

    Como estamos viendo, en este 2026 el tablero norteamericano dejó de obedecer a una sola lógica, y las reglas ya no las escribe un solo actor.

    Y, en medio de ese reordenamiento silencioso, México queda justo en el centro del mapa, enfrentando un 2026 donde la revisión del TMEC no será un trámite técnico, sino un capítulo más de una disputa geopolítica mayor por el control económico de la región.

    Cuando lo global se vuelve cotidiano: costos, rutas, energía y riesgo

    Todo esto ocurría mientras nosotros, en las empresas, seguíamos sentados en salas de juntas haciendo presupuestos, proyecciones, contratos, estrategias de abastecimiento y planes de expansión, como si el mundo que dejamos el 31 de diciembre siguiera intacto el 20 de enero.

    Hasta que empezó a sentirse en lo cotidiano: en los precios, en los costos, en las rutas logísticas, en la energía, en las divisas, en los insumos, en el financiamiento y en el riesgo.

    Y ahí empezó a hacerse evidente algo incómodo: esto ya no es solo política internacional, es nuestra nueva realidad.

    Una nueva realidad que se metió en los negocios sin pedir permiso, que empezó a tocar el P&L (estado de resultados), la cadena de suministro, la planeación estratégica y cada decisión diaria, no como teoría, sino como parte del día a día.

    Del “costo” a la “continuidad operativa”

    Durante años construimos la industria bajo una obsesión clara: la eficiencia operativa.

    Producir más barato, desplazar más volumen, operar con inventarios mínimos y de manera eficiente, depender de pocos proveedores, concentrar orígenes de los insumos, fijar precios con eficiencia financiera y exprimir cada punto porcentual del margen.

    Funcionó, porque el entorno lo permitía: reglas estables, mercados previsibles y cadenas relativamente controlables.

    Pero ese modelo no se rompió por errores internos, se rompió porque el mundo cambió.

    Estaba diseñado para una realidad que ya no existe, y hoy seguir operando bajo esa lógica ya no es eficiencia: es rigidez y vulnerabilidad.

    Hoy la conversación cambió. Ya no se trata solo de cuánto cuesta producir, sino de si puedes seguir produciendo.

    Ya no se trata solo de eficiencia financiera, sino de continuidad operativa.

    Ya no se trata de optimizar la cadena, sino de hacerla resistente a eventos externos.

    El valor ya no está en el costo unitario más bajo, está en la capacidad de seguir operando cuando el entorno se vuelve inestable.

    Tipo de cambio: cuando el entorno rompe los supuestos

    Un ejemplo muy claro y concreto de esto es lo que está sucediendo en México con el Tipo de Cambio.

    La apreciación del peso frente al dólar puede leerse como fortaleza macroeconómica y servir como logro de la estrategia de la actual administración pública de nuestro país, pero en la operación diaria se traduce en otra cosa: exportaciones menos competitivas, márgenes comprometidos y dinero que simplemente deja de generarse como estaba proyectado.

    Los ingresos que existían en las proyecciones financieras hoy en día desaparecen, no por errores operativos, sino porque el entorno se reconfiguró más rápido que nuestros supuestos.

    Nearshoring, Friendshoring y Reshoring: respuesta práctica

    Por eso el Nearshoring (producir más cerca del mercado), el Friendshoring (priorizar países aliados) y el Reshoring (traer capacidades de vuelta) no son retórica de conferencistas ni lenguaje de consultores.

    Son respuestas naturales a un mundo fragmentado que dejó de operar como un proceso eficiente.

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    Producir más cerca del mercado, traer de vuelta capacidades productivas, trabajar con países aliados, diversificar proveedores estratégicos, fortalecer procesos, diseñar cadenas de suministro más flexibles y reducir dependencias críticas ya no es una elección, es una decisión básica de supervivencia operativa.

    Innovación como modelo de negocio

    Y aquí la innovación deja de ser un discurso bonito para juntas de consejo y se convierte en un modelo de negocio.

    Innovar ya no es lanzar un producto nuevo: es rediseñar cómo compras, cómo produces, cómo empacas, cómo distribuyes, cómo vendes y cómo te relacionas con tus mercados.

    Es innovación en procesos, en análisis de datos, en uso y optimización de la energía, en logística eficiente, en tecnología confiable, en la manera en la que “cómo hacemos dinero” y cómo logramos que todo esto sea sostenible a largo plazo.

    El consumidor cambió: confianza e información

    Este año también el consumidor ha cambiado.

    Ya no compra sin contexto, compra con información, con conciencia y con preguntas.

    Quiere saber de dónde viene lo que consume, cómo se produce, qué impacto tiene y qué representa la marca.

    Eso obliga a las empresas a algo más complejo: construir un entorno de confianza honesta y real en sus estrategias de comunicación y marketing.

    Al final, el mayor error sería pensar que todo esto es un problema externo, algo que ocurre fuera de la empresa y fuera del control de la operación.

    Las empresas que van a crecer no serán necesariamente las más grandes, ni las más antiguas, ni las más conocidas, sino aquellas que logren leer el sistema completo y entender que hoy la cadena de suministro ya no es solo logística, sino estrategia; que la innovación dejó de ser un proyecto aislado y se volvió continuidad operativa; que la resiliencia se traduce en competitividad real; que la velocidad se convierte en ventaja; y que la confianza, en un entorno fragmentado, empieza a funcionar como una nueva forma de capital.

    Porque la geopolítica ya no la vemos cada mañana y de manera lejana en los noticieros, no la estudiamos en foros económicos ni se recuerda en los libros de historia.

    Hoy se filtra en la operación cotidiana, aparece en los costos, en los contratos, en cómo consumimos energía, en la logística, en el financiamiento, en el consumo privado y en cada decisión que se toma en una sala de juntas o en una línea de producción.

    Frente a esa realidad, las empresas solo tienen dos caminos reales: ignorarla y reaccionar tarde, o entenderla, integrarla al modelo de negocio y transformarla en una ventaja sostenible a través de una cultura genuina de innovación.

    Porque esto apenas empieza… y este año 2026 está demostrando ser muy distinto a lo que hemos vivido antes.

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